
Canción de tumba
Qué triste canción cantas,
pareciera que tus lágrimas
aprendieron a pronunciar palabras.
Yo invoco a mi madre por las tardes
y tú me arrullas como si fuera tu niño.
Pero cuando en silencio me descubro
hallo hondas arrugas en mi cara
y oscuras manchas en mis manos.
Poco a poco bajas la luz
y yo me alejo de mis heridas
por ese camino que se parece al destino.
Incontables retratos amueblan tus muebles,
mi perfil pronto será de la partida
de aquellos rostros impasibles.
Qué doliente canción murmuras,
se ahogan las sílabas en tu garganta
y casi no entiendo tu gorjeo.
Fui tan poca cosa, una huella inerte
que se disuelve entre las sábanas.
Me volteas cada tanto el cuerpo
buscando quizás, vislumbre mi futuro
desde esta ajena perspectiva.
Empieza a hacerse tarde,
lo sé por esta sospechosa neblina
que se arrima fanfarrona.
Mis dedos se cierran endurecidos sin latido
y es tanto el cansancio de esta inútil espera
que no me cabe ni el aliento nuevo
posible redentor de terrenales penas.
Te alejas ahora
llorando, rezando, gritando
creo que aún sostienes mi rostro rígido
en el mundo de las manos mullidas.
Escucho aquella canción de mi memoria
pero ahora es mi madre quien la susurra
y no hay angustia en su canto, son arrullos de cuna
como cuando yo era niño
como cuando tú eras niño
y era yo quien te la cantaba.
© 2009 Gabriela Mercado

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