10 ago 2009

Ay ay ay de la grifa negra




Ay ay ay, que soy grifa y pura negra;
grifería en mi pelo, cafrería en mis labios;
y mi chata nariz mozambiquea.


Negra de intacto tinte, lloro y río
la vibración de ser estatua negra;
de ser trozo de noche,
en que mis blancos dientes relampaguean;
y ser negro bejuco
que a lo negro se enreda
y comba el negro nido
en que el cuervo se acuesta.
Negro trozo de negro en que me esculpo,
ay ay ay, que mi estatua es toda negra.


Dícenme que mi abuelo fue el esclavo
por quien el amo dio treinta monedas.
Ay ay ay, que el esclavo fue mi abuelo
es mi pena, es mi pena.
Si hubiera sido el amo,
sería mi vergüenza;
que en los hombres, igual que en las naciones,
si el ser el siervo es no tener derechos,
el ser el amo es no tener conciencia.


Ay ay ay, los pecados del rey blanco
lávelos en perdón la reina negra.
Ay ay ay, que la raza se me fuga
y hacia la raza blanca zumba y vuela
hundirse en su agua clara;
tal vez si la blanca se ensombrará en la negra.


Ay ay ay, que mi negra raza huye
y con la blanca corre a ser trigueña;
¡a ser la del futuro,
fraternidad de América!

Julia de Burgos

30 ene 2009

Domesticar la fantasía

 





Montaña de polvo

Subsisto al lado de un ser que es un extraño,
respiro su aire, comparto su comida
y sin embargo cuando lo miro a los ojos, sólo veo humo.

Duermo a su costado, conozco su perfume
pero es efímero como él mismo
y me desvelo en alucinaciones.

Conozco su cuerpo, sus curvas y sus deseos
y sin embargo ignoro sus doctrinas
y sus credos.

He vivido dos años en la hiedra
de sus mentiras y he muerto
entre sus ramas convirtiéndome en madera.

Me deshice como una montaña de polvo
soplada por sus burlas,
me domestiqué como un perro ante su fantasía.

Hoy he abierto los ojos,
y mi humanidad lo ha visto sin lienzo
y no he encontrado en mi corazón una razón para quererlo.

Hoy he llorado amargamente mi desconsuelo
y he rozado la locura con los recuerdos,
he visto el filo de la espada atravesarme
y no regresar a su vaina.

© 2009 Gabriela Mercado

20 ene 2009

Rostros impasibles













Canción de tumba

Qué triste canción cantas,
pareciera que tus lágrimas
aprendieron a pronunciar palabras.
Yo invoco a mi madre por las tardes
y tú me arrullas como si fuera tu niño.
Pero cuando en silencio me descubro
hallo hondas arrugas en mi cara
y oscuras manchas en mis manos.
Poco a poco bajas la luz
y yo me alejo de mis heridas
por ese camino que se parece al destino.
Incontables retratos amueblan tus muebles,
mi perfil pronto será de la partida
de aquellos rostros impasibles.

Qué doliente canción murmuras,
se ahogan las sílabas en tu garganta
y casi no entiendo tu gorjeo.
Fui tan poca cosa, una huella inerte
que se disuelve entre las sábanas.
Me volteas cada tanto el cuerpo
buscando quizás, vislumbre mi futuro
desde esta ajena perspectiva.
Empieza a hacerse tarde,
lo sé por esta sospechosa neblina
que se arrima fanfarrona.
Mis dedos se cierran endurecidos sin latido
y es tanto el cansancio de esta inútil espera
que no me cabe ni el aliento nuevo
posible redentor de terrenales penas.

Te alejas ahora
llorando, rezando, gritando
creo que aún sostienes mi rostro rígido
en el mundo de las manos mullidas.
Escucho aquella canción de mi memoria
pero ahora es mi madre quien la susurra
y no hay angustia en su canto, son arrullos de cuna
como cuando yo era niño
como cuando tú eras niño
y era yo quien te la cantaba.

© 2009 Gabriela Mercado