30 ene 2009

Domesticar la fantasía

 





Montaña de polvo

Subsisto al lado de un ser que es un extraño,
respiro su aire, comparto su comida
y sin embargo cuando lo miro a los ojos, sólo veo humo.

Duermo a su costado, conozco su perfume
pero es efímero como él mismo
y me desvelo en alucinaciones.

Conozco su cuerpo, sus curvas y sus deseos
y sin embargo ignoro sus doctrinas
y sus credos.

He vivido dos años en la hiedra
de sus mentiras y he muerto
entre sus ramas convirtiéndome en madera.

Me deshice como una montaña de polvo
soplada por sus burlas,
me domestiqué como un perro ante su fantasía.

Hoy he abierto los ojos,
y mi humanidad lo ha visto sin lienzo
y no he encontrado en mi corazón una razón para quererlo.

Hoy he llorado amargamente mi desconsuelo
y he rozado la locura con los recuerdos,
he visto el filo de la espada atravesarme
y no regresar a su vaina.

© 2009 Gabriela Mercado

20 ene 2009

Rostros impasibles













Canción de tumba

Qué triste canción cantas,
pareciera que tus lágrimas
aprendieron a pronunciar palabras.
Yo invoco a mi madre por las tardes
y tú me arrullas como si fuera tu niño.
Pero cuando en silencio me descubro
hallo hondas arrugas en mi cara
y oscuras manchas en mis manos.
Poco a poco bajas la luz
y yo me alejo de mis heridas
por ese camino que se parece al destino.
Incontables retratos amueblan tus muebles,
mi perfil pronto será de la partida
de aquellos rostros impasibles.

Qué doliente canción murmuras,
se ahogan las sílabas en tu garganta
y casi no entiendo tu gorjeo.
Fui tan poca cosa, una huella inerte
que se disuelve entre las sábanas.
Me volteas cada tanto el cuerpo
buscando quizás, vislumbre mi futuro
desde esta ajena perspectiva.
Empieza a hacerse tarde,
lo sé por esta sospechosa neblina
que se arrima fanfarrona.
Mis dedos se cierran endurecidos sin latido
y es tanto el cansancio de esta inútil espera
que no me cabe ni el aliento nuevo
posible redentor de terrenales penas.

Te alejas ahora
llorando, rezando, gritando
creo que aún sostienes mi rostro rígido
en el mundo de las manos mullidas.
Escucho aquella canción de mi memoria
pero ahora es mi madre quien la susurra
y no hay angustia en su canto, son arrullos de cuna
como cuando yo era niño
como cuando tú eras niño
y era yo quien te la cantaba.

© 2009 Gabriela Mercado